lunes, 17 de enero de 2011

II

Pasaron quince días completos.
Miriam los contó de tal forma que su papá notó la tarea de su hija.

Durante ese tiempo Miriam siempre se levantó lo más temprano que pudo y esperó impaciente.
La rutina era la misma: levantarse, tender su cama, sacar ropa de una caja de cartón, meterse al estrecho cuarto de baño y alistarse, agarrar la escoba, barrer, abrir la puerta de madera para que la visita esperada notara algo que la hiciera acordarse y regresar.
A eso aspiraba, lo anhelaba. No sabía más de ella, por lo que Miriam pensaba en cómo llamar la atención.
(Soy tan tonta, por eso ya no me mandaron a la escuela, aunque creo que más bien y sí, sí, eso fue, pues no había dinero para que siguiera y acabara la escuela).
Las actividades casi robóticas que realizaba la menor y que a ella le dibujaban una sonrisa, a su padre y hermano que salía más tarde a trabajar los llenaba de coraje.
"Pues qué prisa tienes, con eso ruido ya ni nos dejas dormir", le decía su hermano, que ante tal conferencia de sonidos no tenía otra opción que levantarse y seguir a Miriam, a menos en tres pasos: abandonar la cama, sacar ropa y meterse a bañar.
(Se habrá olvidado del lugar, pero si no hemos cambiado nada, la zona permanece igual).
-Miriam había impedido con olvidos voluntarios que su padre colocara sobre las viejas maderas que formaban su casa, el bote de pintura color azul que repartieron unos señores entre las viviendas del sector.
Pero el día en que su papá encontró la pintura y estaba preparándola para que el café claro fuera ocultado por el color del cielo, la menor, aprovechó una distracción para echar dos puños de tierra y unas piedras.
Cuando su padre metió una vieja brocha, por la que habían pasado mínimo una decena de paredes, se dio cuenta que algo andaba mal.
"Padre, tendrás que tirarla, mira que color tan feo", le dijo.
Pero no esperaba la respuesta del hombre, "más feo de lo que se ve, no creo".
Las palabras molestaron a Miriam, que el enojo la encaminó hacia el interior y premeditadamente pateó el bote, derramándose la mitad de su contendio.
"Niña tonta, no ves lo que has hecho, estás loca o enferma, qué tienes?", le recriminó el hombre, que con la brocha alcanzó a golpear la pantorrilla.
Miriam aguantó el llanto, pues el pedazo de madera en que casi se había convertido la brocha pegó fuerte en su delgada pierna.
Aunque sintió un calor por el golpe, sonrió, porque finalmente su padre no pintaría nada y asi, la vivienda seguiría sin ninguna modificación, en espera del regreso de la mujer, aquella extraña dama, como ya la llamaba Miriam.
(Extraña dama, ja, suena muy elegante, -se rió la menor- de dónde me salió esa palabra, pero sí, lo es).
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1 comentario:

  1. Me vuelves a llevar a la carita de Miriam, con sus ansias de espera que tiene. Así me quedo...esperando a la mujer que siga esta historia...Me encanto, en verdad. Veo la imagen de Miriam, su casa. la pintura...hasta pude sentir el golpe. No dejes la historia

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