De hecho, de no haberla visto en esa esquina, su mente no la habría buscado entre todos los recuerdos acumulados en estos años.
Más tarde atribuiría a la elección de iniciar el día fuera de la rutina a ese encuentro.
Tras el sonido de la alarma a las 5:30 reaccionó, pero no se apresuró a apagarla como era lo usual.
Por segunda vez, quizá, le dedicó un par de segundos a escucharla y luego la silenció.
No se puso de pie de inmediato.
Esperó unos segundos más que los de costumbre y entonces se puso en pie.
Recordó aquellas recomendaciones hechas en clase de yoga que alguna vez tomó: El cuerpo tiene que ponerse casi en posición fetal y para incorporarse, se debe colocar un brazo sobre la cama y empujar el cuerpo. Y lo esencial, no hacerlo rápido.
Así lo cumplió.
Ya con los pies en las sandalias que no sabía desde cuándo las tenía, ni dónde las había comprado y por qué aún las tenía, (esas preguntas se hizo) dio unos pasos hacia el espejo.
Era parte de su quehacer matutino: verse al espejo, ver la forma en que la noche y el contacto con la almohada y la misma cama, habían hecho de las suyas en su cabellera.
Lo que siguió fue más de lo que otros días: abrir el cajón para sacar la ropa que llevaría oculta; luego, escoger pantalón, blusa, saco. Dirigirse al cuarto de baño, buscar que al agua estuviera casi hirviendo y terminar el ritual.
Con una mezcla de yogurt natural y granola en un recipiente que echó en una mochila, salió de casa.
Era su día libre. Como lo eligió al inicio del día, en las siguientes horas trataría de hacer algo diferente. No se vistió con pantalón de mezclilla, sino con uno de vestir; eligió un blazer y tenis.
Como quería ser turista en su propio territorio, se mentalizó en ver todo aquello como si no lo conociera desde que sus padres salieron del hospital donde nació.
No la vio en el nuevo vecindario.
Fueron sus oídos los que transportaron los sonidos de cada una de las letras que formaban su nombre.
Cuando escuchó esa combinación de letras, dudó en voltear.
Una combinación entre vacío, un jalón interior en donde inicia el esternón y una palpitación paralizaron sus pensamientos.
Sintió que alguien se acercaba y era seguro que quién había pronunciado su nombre tomó la decisión de que la viera.
En una especie de cámara lenta y casi robotizada empezó a girarse.
¿Cuántas personas en su entorno se llamaban igual? Sabía que solo una persona de las conocidas, pero ya no vivía ahí.
No es que su nombre fuera inusual, simplemente no era de los que se repetían con regularidad.
"¿Y si hay alguien más que se llama igual? Todo es posible", se dijo.
Pero su acción robotizada estaba a punto de terminar.
No había marcha atrás.
La dueña de aquella voz se había acercado, pero no lo suficiente. Así lo sentía, pues aún no la veía.
Concluyó.
Estaba justo de frente a donde sus oídos dirigieron su atención cuando escuchó su nombre.
Y la vio.