En la solitaria catedral se podían contar con la mano los asistentes al servicio religioso de ese día.
El sacerdote inició la ceremonia destacando la presencia de los menos de 10 fieles.
No lo hizo como regularmente lo hacía después de un partido entre los equipos locales, que independientemente del resultado, hacían que bajara la demanda religiosa: "en lugar que vengan a dar gracias o a encomendar a los jugadores", decía, arrancando una